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martes, 3 de enero de 2012

Los Cuatro Ríos


"Parte de la temática del alma consiste en ser modificadores de las formas. Cuando nos conectamos con los niveles más profundos de nuestras vidas, no podemos evitar actuar honestamente, hablar “desde el alma”. El trabajo del espíritu es identificar y eliminar aquello que nos impide ser nosotros mismos.

En nuestra cultura, no tenemos mucha ayuda para “encontrarnos” con nuestras almas, conectarnos con lo que nos hace auténticos, y reconocer y eliminar lo que nos frena. Las culturas indígenas pueden ofrecernos pistas importantes para observar la espiritualidad en nuestras vidas. Así como cuentan con elementos de rastreo externos para hallar alimento y agua, los pueblos indígenas también poseen formas de rastreo interno que les permiten integrar sus experiencias, aprender de ellas y avanzar.

He encontrado cuatro caminos centrales de “rastreo” en varias culturas indígenas. Podemos verlos como cuatro “ríos”, en los cuales debemos aprender navegar para mantener nuestras almas nutridas y saludables, y mantener vivo nuestro verdadero ser.

Uno es el río de la inspiración: sé que aún vivo si los acontecimientos, la belleza y otras personas pueden inspirarme, expandirme y elevarme.
Luego el río del desafío: estoy vivo si puedo emplear energía para las experiencias de ser testeado y desafiado. Navegar por este río implica poder aceptar una invitación para flexibilizarnos, trascender lo familiar, crecer.

El tercer río es el de la sorpresa. A los niños les encantan las sorpresas; los adultos, lamentablemente, en general perdemos este goce. Navegar el río de la sorpresa implica deshacernos de nuestra necesidad de control, para despertar al asombro por lo inesperado.

El último río es el del amor. Todavía estoy vivo si puedo conmoverme profundamente por la vida. Si no me conmuevo por la vida, mi corazón ha comenzado a cerrarse. Los indígenas creen que el corazón es el puente entre el “padre cielo” y la “madre naturaleza” y que, por esto, si deseamos permanecer en contacto con nuestros aspectos místicos y prácticos, nuestros corazones deben estar sanos y abiertos.

Cuando por cualquier motivo, no podemos navegar por esos cuatro ríos (inspiración, desafío, sorpresa y amor), hemos comenzado a desconectarnos de nuestras almas. Nos perdemos la belleza y las oportunidades del mundo; estamos presos en la cárcel de nuestra propia conciencia.

A pesar de nuestros intentos, el alma nos reclama. Nuestros instintos pueden estar tan dañados y nuestros espíritus tan heridos, que no escuchemos el llamado de la primavera. Pero la primavera, igualmente, nos llama.

Todos tenemos, dentro de nosotros, un remedio curativo original que no ha sido copiado en ningún lugar del planeta. Cuando vivimos desde el alma, cada uno de nosotros puede crear instantes sagrados, sanadores. Y así comprometernos, momento a momento, con ese grandioso regalo que llamamos vida."

Angeles Arrien

lunes, 19 de septiembre de 2011

Salud, enfermedad y árbol genealógico.


"Para sanar una enfermedad no podemos limitarnos sólo a lo científico. La mirada de un artista equilibra la de un médico, capaz de comprender los problemas biológicos pero que carece de las técnicas necesarias para detectar los valores sublimes sepultados en cada individuo. 
Para que sane, es necesario que el paciente sea lo que en verdad es y se libere de la identidad adquirida: lo que los otros han querido que sea.
Toda enfermedad proviene de una orden que hemos recibido en la infancia obligándonos  a realizar lo que no queremos y una prohibición que nos obliga a no ser lo que en realidad somos. El mal, la depresión, los temores resultan de una falta de conciencia, de un olvido de la belleza, de una tiranía familiar, del peso de un mundo con tradiciones y religiones obsoletas.
Para sanar a un paciente, o sea ayudarlo a convertirse en lo que en verdad es, se le ha de hacer consciente de que no es un individuo aislado sino el fruto de al menos cuatro generaciones de ancestros. Es imposible conocernos a nosotros mismos si no conocemos el legado material y espiritual de nuestro árbol genealógico.

Extraído de "Metagenealogía" de Alejandro Jodorowsky

miércoles, 26 de enero de 2011

Dones, creatividad y entusiasmo por la vida


“Cada uno de nosotros nace con talentos y aptitudes innatas que no se desarrollan ni se aprecian a menos que se den las oportunidades para expresarlas. Las aulas y los patios de recreo, la familia y el trabajo sólo premian y reconocen algunas destrezas. Hay muchos tipos de inteligencia y diferentes modos de ver el mundo, y sin embargo sólo se estimulan unos pocos. Hay muchos talentos distintos, pero sólo algunos son apreciados. Las juntas escolares deciden qué aprenderemos, cómo se nos enseña, y la secuencia temporal del currículo. Los padres deciden qué lecciones aprenderemos después de la clase. Si tenemos suerte, quizá algo de lo que hemos de aprender encaje con alguna de nuestras aptitudes, y en ese caso nos encantará y probablemente destacaremos en ello.
El trabajo (como la vida) que nos exige aplicar y desarrollar nuestros dones innatos resulta personalmente significativo. Un trabajo que nos interesa impone retos a nuestro crecimiento y nos facilita oportunidades de ser creativos nos sumerge de lleno en la vida.
Cuando lo que hacemos es aquello que amamos, el trabajo se convierte en expresión de nuestra verdadera naturaleza.

El entusiasmo por la vida nos atrapa cuando somos poseídos por el espíritu o la divinidad; la palabra deriva de entheos (que en griego significa “dios”). No creo que sea posible apasionarse de verdad a menos que a la vez seamos realmente nosotros mismos.

Hemos de recuperar las fuentes de placer que yacen despedazadas, olvidadas y enterradas en el inframundo. Allí podemos encontrar las semillas de la creatividad, los talentos no cultivados, los vedados anhelos, los sueños abortados y la ecuanimidad. Al iniciar el descenso, las riquezas que hallamos son partes y fragmentos de nuestro ser íntimo desmembrado, el patrimonio humano del reino simbólico y arquetípico del inconsciente colectivo.

Vivir una vida auténtica, hallarle un sentido y hacernos con un mito personal son elementos que están vinculados con el estrato arquetípico de la mente. Pero no es necesario que conozcas los nombres de tus arquetipos o que le pongas un título a tu mito: tu verdad es tu mito. Ahí es donde tú encuentras la armonía y la felicidad.

La armonía consiste en recorrer el camino adecuado y ser uno con él: desarrollar una vida apasionada y coherente con los valores personales, hacer aquello para lo que se está naturalmente dotado. La armonía consiste en permanecer con nuestra pareja, amigos o en soledad, con animales o inmersos en la naturaleza, en una ciudad, país o lugar concretos, y que nos embargue la impresión de que estamos en el lugar que nos pertenece.

La armonía consiste en experimentar una gran aflicción que corresponde a una inmensa pérdida. La armonía es una espontaneidad natural, desinhibida; la inmediatez de la risa, la irrupción del llanto. La armonía se da cuando el comportamiento y la creencia caminan juntos, cuando la vida arquetípica y la vida exterior se reflejan mutuamente y nos mantenemos fieles a nosotros mismos.

La felicidad y el regocijo nos invaden en los momentos en que habitamos nuestra verdad más alta, momentos en los que todo lo que hacemos es coherente con las profundidades arquetípicas. Es cuando nos mostramos más sinceros y confiados, y somos conscientes de que todo lo que abordemos, por trivial que parezca, es sin embargo sagrado.

(extraído de El sentido de la enfermedad de Jean Shinoda Bolen)






martes, 27 de octubre de 2009

La enfermedad y sus preguntas


Cuando me recibí de psicóloga, mi trabajo de investigación final fue acerca del acompañamiento a enfermos terminales. En aquellos tiempos me interesaba indagar desde distintos enfoques teóricos el fenómeno del morir con sus múltiples implicancias a nivel físico, psíquico, emocional, socio-cultural, espiritual; y a la vez proponer una mirada más amplia dentro del ámbito psi académico.
Entré por esa puerta. Pero lo que fundamentalmente me inquietaba, desde muy pequeña, era la pregunta por el sentido de la vida. Mi búsqueda apuntaba a movilizar algún replanteo existencial más profundo que, en ocasiones como la de una muerte cercana, se vuelve casi ineludible.

Investigando acerca de diferentes tratamientos psicoterapéuticos para pacientes con cáncer, descubrí, entre otros, a un investigador y psicólogo clínico, Le Shan, que luego de treinta y cinco años de trabajo con estos pacientes y sus familias, describió cómo el cambio psicológico en conjunto con el tratamiento médico, era capaz de estimular la curación de un sistema inmunitario puesto en peligro. 
Hay muchísimos trabajos acerca de este tema que me resulta apasionante y están muy difundidos acerca de personas que lograron mejorías importantes y hasta remisiones espontáneas, pero lo que quiero rescatar son las preguntas que él le hacía a sus pacientes:


¿Qué tipo de vida haría que te gustara levantarte por la mañana y acostarte “agradablemente cansado”a la noche?


¿Qué es lo que más te animaría y entusiasmaría en la vida?


¿Qué tipo de vida imaginas que daría cauce a todas tus potencialidades, y con la que estarías en armonía física, psíquica y espiritualmente?


¿Qué estilo de vida supones que sería afín a tu ser?


¿Cómo vivirías si pudieras hacer que el mundo conspirara a tu favor?


¿Nos animamos a planteárnoslas? ¿O las descartamos de antemano por idealistas, utópicas o banales? A veces vamos por la vida creyendo que no tenemos opción. Personalmente, y más allá de qué dolorosa historia personal provengamos, creo que siempre es posible y vale la pena intentar responderlas. Por lo menos alguna vez, voluntariamente. Ponernos una mano en el corazón e indagar en el viejo arcón de nuestros deseos escondidos, allá en el fondo, para ver qué tienen para decirnos, hacia dónde nos impulsan. Es un viaje apasionante que podemos emprender solos o de la mano de algún maestro, amigo o terapeuta. 
Y una vez que los hayamos podido reconocer y validar como propios, ir haciéndoles un pequeño lugarcito en nuestra agenda cotidiana, antes de que la enfermedad -o el destino- nos las formule “inesperdamente”.

sábado, 3 de octubre de 2009

Alimentación, arte y transformación



Hoy, como cada vez que un suceso cotidiano relanza algún tema histórico en mi vida y me deja cric cric... recapitulando... volví a mi biblioteca para desempolvar “aquel” librito rojo, subrayado vaya a saber en qué época.
La alimentación es una de esas temáticas que me "ocupó" durante muchos años. Ya en la adolescencia en medio de búsquedas y rebeldías propias de la edad y más tarde siguiendo al bichito de la curiosidad que insistentemente me picaba, fui metiendo las narices en las medicinas alternativas siempre con el afán, como canta Diego Torres, de tratar de estar mejor.


Uno de los libros que me abrió mucho el panorama en aquellas épocas exploradoras fue “Entrenamiento para la vida” del Dr. Juan M. Rey. Se trata de una propuesta integral de Medicina Energética creada por un médico argentino, en base a la Macrobiótica como filosofía de vida que apunta a ampliar la conciencia y favorecer un proceso evolutivo en el ser humano.

En uno de los capítulos Rey compara a la alimentación conciente con la poesía. Como cualquier expresión artística esta nace del delicado equilibrio entre razón e intuición. Personalmente creo que en toda transformación profunda es necesaria esa dosis de arte, de locura (para este sistema en el que vivimos), de ese plus que sobrepasa a lo racional-lógico-esperable y que cuando lo encontramos, nos exalta el corazón. El autor lo dice así:

“La alimentación es el primer acto, la primera urgencia del hombre. Sigue en primer plano en cuanto a necesidad de subsistencia, pero se ha olvidado su sentido profundo. Mas no sólo la comida es alimento. También lo es el aire que respiramos, las impresiones, las emociones, cualquier tipo de intercambio con el medio ambiente. El equilibrio resultante de una correcta administración, es lo que precisamente desembocaría en la posibilidad de creación del ideal de todo gran artista: la transformación de la vida en poesía.

No sólo es enfermedad la gripe, sino también la envidia, la avaricia, la represión, todo lo que daña el espíritu. La Macrobiótica invita a vivir poéticamente, es una forma de vida en la cual uno tiene la posibilidad de adentrarse cada vez más en las cosas para “ver” más. Enseña a morir cada noche y a nacer cada día, a encontrar un punto sobre el alambre del equilibrista donde todo está bien: uno acepta porque ve el Orden del Universo en acción, uno no se resiste más porque comprendió por fin que no hay nada de más ni de menos, cuando las cosas se ven desde un especial punto de equilibrio.

La poesía es un equilibrio exquisito y delicado entre intuición y razón. El acto poético es una revelación, un crecimiento del nivel de conciencia que ayuda a despertar. El entrenamiento del cuerpo y de la mente en simpleza y despojamiento origina una tensión en la línea que separa individuo y ambiente, vida y muerte. Nuestra formación occidental hace que el hombre primero se individualice y fortalezca su ego. Pero llega un punto en el que necesita negarse a sí mismo y afirmar al Universo. En la alimentación y en la forma de vida correctas se tiende a buscar el punto medio entre lo individual y lo universal (…)

El momento de la comida es sagrado. Lo fue en la antigüedad y lo siguió siendo después. Para el oriental, el alimento representa la divinidad, ya que contiene la potencia creadora. La semilla encierra simultáneamente pasado, presente y futuro. El hombre se relaciona con lo que lo rodea a través del tubo digestivo, que embriológicamente es igual a la piel. Esto es importante porque el acto de comer puede ser un momento de relación conciente con el medio externo.
Lo que ingerimos se transformará en sangre y células propias (…) Lo importante es tomar conciencia de que comer es un acto creativo, capaz de desencadenar a su vez una sucesión de actos creativos. El hombre funciona como un pequeño laboratorio donde se realiza la alquimia de la vida, la transmutación de los reinos mineral, vegetal y animal en humano. Pero la pregunta es: ¿Qué calidad de humano? ¿A qué nivel evolutivo se quiere pertenecer?"

Suele decirse que “somos lo que comemos” y también: lo que pensamos, lo que escuchamos, lo que leemos, lo que miramos, lo que sentimos en la piel y en las entrañas en cada encuentro con los otros. Detenernos a observar, evitando juzgar rápidamente, sólo mirar e intentar comprender cuál es ese input, qué (o con qué?) nos damos cada día, desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que los volvemos a cerrar para irnos a dormir, puede ser un paso enorme hacia una verdadera transformación.